aguam.com
Diario de viaje del remolino diario - la influencia de la influencia - el sabor el gusto y el retrogusto - el link la imagen el videíto - el chiste en serio y en serie - la caprichosa nena satisfecha - pregunta respuesta pregunta - lo propio y el ajeno - alimento - pasión - fantasía - silencio para oír el grito - mortales profanos - la firma el cuerpo - el despertar y el sueño.
categoria:video
Publicado: 25 de Diciembre, 2007 Por Leo

Una lección de Vida




Que buenos los consejos que nos presenta esta persona. Utilizá el
protector solar... subtitulado, muy pero muy bueno, para guardarlo y
verlo cada tanto.

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categoria:fotografía
Publicado: 25 de Diciembre, 2007 Por Paco Savio

FELIZ NAVIDAD ®

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categoria:misc
Publicado: 23 de Diciembre, 2007 Por Laura Villamayor

Felicidades


Lidera el top five de las palabras más escuchadas en esta época del año. Pero ¿qué es “eso” que tanto nos desean y que también deseamos?



Virginia Woolf arriesgó una respuesta posible: “La felicidad encierra siempre una terrible exaltación. No es alegría; ni arrebato; ni elogio, ni fama, ni salud; es un estado místico, un trance, un éxtasis”.



 



Les dejo la inquietud…

Etiquetas: misc místico escritos
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categoria:misc
Publicado: 22 de Diciembre, 2007 Por Martin Mele

Para los leen....


.... y los que escriben, este es un cuento de un  mexicano q me cae bien aunque es del cruz azul... quizas es por lo azul!!
Su nombre es Juan Villoro y este es el cuento:


"Yo soy Fontanarrosa"


-Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka.



Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo
humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían.


Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades,
sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente
para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas
que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del
minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado,
donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov
me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia.
Luego dijo:



-Te va a fundir.



Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.


Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo
para disculparme -todo el mundo sabe que las condiciones del terreno
afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero
intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un
hueco. Era como patear pepinos.


Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba
que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que
lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado
demasiado y rebajé mi puesto.


Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria
que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo,
pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases
elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se
aprecia.


Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las
canchas populares de México están en áfrica. Había que oír esos gritos
y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada
encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una
plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo!


Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los
centrales, Tolstoi. El tipo parecía La guerra y la paz. A su lado
estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color
carbón.


No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no
quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de
moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo
de los leones.


Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto
Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas.
Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada
en un texto suyo.


Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de
lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un
crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que
se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce
disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego
sonrió como si sus errores fueran geniales.


Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se
ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me
rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron
al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un
jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó pénalti.


Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser
visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que solo se
animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en
las canchas reglamentarias significan: "nos vemos en los vestidores" y
en las canchas donde no hay vestidores significan: "te voy a partir la
madre", sin que haya que precisar el escenario.


En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se
quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada.
Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a
expulsar por pendejo.


...l era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del
fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster,
para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a
Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:



-¡Abre la cancha!


¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto
cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y
cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de
otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador
estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con
una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?


Obviamente no sabía nada. ...l era Chéjov, instructor de
inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia
penitenciaria.


Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra
verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un
desafío superior: estaba arrestado en la cancha.


Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales.
Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban
en la policía.


Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el
fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del
Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador
cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que
atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la
pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le
pegue al carrito de algodones de azúcar.


Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese
desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el
trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos
debemos caminar.


El problema, mi problema, es que ese partido podía ser la
salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la
angustia del hombre acorralado.


La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del
narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos
en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían
convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían
que ver conmigo, el día era atrozHe omitido un detalle que no me queda
más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un
billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo
especialista en sacrificios humanosser mi salvación. El fútbol
regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre
acorralado.


La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del
narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos
en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían
convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían
que ver conmigo, el día era atroz.


A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no solo
eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma
a ver a un mecánico baratísimo.


El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico
baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos,
para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.


Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero
cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una
historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las
tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso,
recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un
auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un
poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia.


Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había
bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de
Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese
horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas
montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no
advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó
profética.


Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos
donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros,
antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla
para que el dolor me distrajera.


Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller
mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios
y figuras de yeso.


Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un
hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez.
Fue lo que hice.


Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord
son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la
espalda. Me volví y oriné los zapatos de un policía.



-Mira nomás, pendejo -el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra. ¿Ya viste?



-¿Qué?



-¡Measte a Juárez!


Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se
trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su
lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus
barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido?


Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron
como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.


Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de
un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron
después. En ese momento solo criticaron lo que yo había hecho. Orinar
una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es
un delito peor.


Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo
distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro
detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la
cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.


El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso
de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser
nocivo para mi salud.


Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del
Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me
recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma
está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a
Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.



-La derecha es discriminatoria -dijo un policía.



-Yo no discrimino a nadie -me defendí.



-¡Te measte en Juárez!



-Fue un accidente.



-No hay accidentes, solo hay consecuencias -contestó otro policía.


Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio
suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio
para no parecer antijuarista.


No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo
el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido
asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con
mariguana "que no era de nadie". Vi trabajar a los policías durante
hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que
tengo sobre las fuerzas armadas.



La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.



-Soy escritor.



-¿Le gusta el fútbol? -preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas.



-El fútbol es un estado de ánimo -dije, para demostrar que soy escritor.



La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:



-A ver: ¿quién escribió La vorágine?


Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la
policía. Cuando el uniformado dijo "La vorágine" pensé que, en su
condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como
La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en
falso con un autor:



-No sé.



No creyeron que fuera escritor.



El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.



No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos.



En el trayecto sonó el radio:



-"Houston, tenemos un problema".



Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.



-Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio.


Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban
vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de
Milán.



-Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado.



Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.



-Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta.


El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa
de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a
condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la
camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después
del partido se celebraba una velada literaria.


Leí mi tarjeta: "Roberto Fontanarrosa fue un humorista que
ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el aceitoso y El
renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de
fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a
sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de
Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café
Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa".


Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una
lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me
pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su
nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda
piel.


El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov.
Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría
salvarme se acercó a decir:



-Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.



¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.


He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir.
Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta
pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios
humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de
cotización.



-No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.


Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible.
Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos
policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran
fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al
extremo izquierdo.


Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial
Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con
Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en
un pase para el centro delantero rival: 0-2.


En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero
no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté
con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en
miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las
arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un
golazo. El único problema es que esa era mi portería.



Hemingway llegó dispuesto a matarme.



-"Los valientes no asesinan" -cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez.



Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.


Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las
condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire
cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi
libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo
izquierdo.


El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta
amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar
mi torpeza.


Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan.
Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque
se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi
culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del
campeonato.


Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y
permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de
mí venía Kafka.



Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.



Pasé el resto del partido encadenado a un poste.


Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no
reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales,
volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.



Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.


¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de
Juárez: "El respeto al derecho ajeno es la paz"? Guardé silencio y eso
me ayudó.



Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.


Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos
en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los
futbolistas.


Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió
algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta
lateral.


Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por
uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en
la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:



-Yo soy Fontanarrosa.


Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios
literarios. ...l es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes
Creadores del Occidente.


A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el
pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era
reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta
del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.


Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria
las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre,
como si tratara de recordar algo.


Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos
por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de
Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que
desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para
ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos
argumentos:


-No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece
populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El
epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.


El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa
con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por
escribir "mejicano" en vez de "mexicano"). Sin embargo, en ese momento
pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor
escritor del Occidente y solo se interesaba en Fontanarrosa por estar
enfermo del fútbol.


Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se
fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido
hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos.
Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció
en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo
entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que solo concibe
una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro
modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los
autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del
Mecate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del
Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.


Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos
que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y
respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con
admiración, y no solo a él, sino a otros autores que mencionaron al
lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para
pedirle autógrafos, como si fuera Maradona.



Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:



-¿Qué haces aquí?



-Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más.



-Un grande -dijo él.



-Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad.


En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por
toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago
que ve una gaviota.



La expresión de Jorge no cambió:



-¿Qué haces aquí? -insistió.



-Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia.


Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin
interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez
que ni siquiera el Mecate se aproximó. Fue un momento extraño, como
cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se
les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo
urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante,
concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan
como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan
algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende
el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela,
inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero
contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el
de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o
así quise que nos vieran.


Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y
me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude
regresar a casa, en el coche del Mecate, al que ahora le sonaba el
claxon cuando caíamos en un bache.


¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo?
Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le
ocurría nada. Solo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me
pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba
más remedio:



-"Una lección de vida" -recité.



Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.



Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.



Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:


-Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador,
pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia,
pero no el autor.


El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo
hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del
Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.



Por Juan Villoro



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categoria:misc
Publicado: 19 de Diciembre, 2007 Por Laura Villamayor

Presentación


Mi nombre es Laura. Nací en Villa Ballester el 9 de julio de 1974. Aunque parezca increíble fui una niña hermosa y rubiona. Mis padres me mandaron al jardín de infantes que yo elegí, prueba irrefutable de su condición de primerizos. Crecí con las ventajas de vivir en los suburbios: amigos de la cuadra, excursiones en bicicleta, guerra de bombitas en Carnaval, atracones de moras trepada a los árboles. En esa época adquirí la destreza para salir de la Tierra y entrar en el Cielo. Todavía recuerdo que, para lograrlo, se necesitan pocos ingredientes: “Una vereda, una piedrita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores”.

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categoria:diseño
Publicado: 17 de Diciembre, 2007 Por Paco Savio

On The Road

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gracias villamayor por la cita


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categoria:diseño
Publicado: 14 de Diciembre, 2007 Por Dan

pac man hat

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moda hivierno 2008 en palermo chelsea



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categoria:diseño
Publicado: 12 de Diciembre, 2007 Por Paco Savio

para pensar

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categoria:diseño
Publicado: 12 de Diciembre, 2007 Por Paio Zuloaga

el misterioso caso de la hamaca

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No hay viento, ni siquiera brisa. Y, sin embargo, la hamaca se mueve. A su

lado, otras dos hamacas se mantienen firmes en sus lugares. Pero la

misteriosa hamaca de la punta se mueve en forma evidente, casi como si

alguien se estuviera meciendo en ella. Pero allí no hay nadie.
"Yo lo he
visto. Es de no creer. Es algo paranormal", aseguró Gonzalo Ramos



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categoria:web
Publicado: 06 de Diciembre, 2007 Por Dan

levitated people

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+++ http://www.flickr.com/search/?q=levitated

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categoria:ilustración
Publicado: 05 de Diciembre, 2007 Por Paio Zuloaga

DAMAS Y CABALLEROS...

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El poeta es un chamuyador nato, te engrupe con sus palabras, te halaga el oído,
te ablanda los sentidos y te hace el verso. Juega con las palabras, les da
belleza musical cuando sabe del arte de ponerle cadencia en la rima.




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categoria:tecnología
Publicado: 04 de Diciembre, 2007 Por Dan

cool japanese robots

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http://www.flickr.com/search/?q=cool%20japanese%20robots&w=all

Etiquetas: web misc
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categoria:misc
Publicado: 03 de Diciembre, 2007 Por Dan

El mate, la bebida compañera

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El mate según el nuevo sitio de Marca Pais, Argentina, aprovechamos para informar de su reciente lanzamiento

http://www.argentina.ar/











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